lunes 4 de mayo de 2009

Rendijas del olvido, memoria fotográfica.


Cuando era pequeña, a menudo me veía obligada por la prohibición de los dos rombos, las altas horas de la noche o el rutinario imperio de la disciplina escolar, a ver la televisión a través de ña rendija que dejaba la puerta del cuarto de estar. Aquella fragmentaria contemplación de Historias para no Dormir, Eliot Ness y los Intocables, Estudio 1 o El Fugitivo, unida a la de leer con linterna bajo las mantas, me acostumbró, o más bien me aficionó, a los argumentos clandestinos, a las tramas incompletas, a las visiones borrosas, a los finales precipitados por la orden paternal de dormir que fulminaba los desenlaces hasta diluirlos en sueños.
Mi progresiva y exagerada miopía contribuyó no poco a mi habilidad para recrearme en las sombras y a la propensión a reconstruir con la imaginación esos mundos vedados , esos relatos íntimos que circulan por la oscuridad de las cuevas de lencería y los corredores familiares. Durante años hube de conformarme con la compañía sospechosa de esos seres de la noche, de esos personajes literarios, intemporales, incólumes, repitiendo su peripecia nocturna ajenos al tiempo, que iluminan el alma por las resquicios de lo invisible y funcionan como atractores extraños, seductores irresistibles, determinantes insoslayables de lo aparentemente obvio, introductores del caos en el inestable sistema del orden establecido.
Hace unos días, volví a tener la oportunidad y la entrañable experiencia de colarme en la historia, bastante velada por el olvido, de una saga de pintores españoles "Los Madrazo", a través de una exposición del fotógrafo Castro Prieto en Blanca Berlín Galería. Bautizada con transparente elegancia por el escritor Andrés Trapiello (responsable solidario del hallazgo) como "La SedaRota ", nos muestra el imaginario privado, el ambiente doméstico de una estirpe de retratistas que supieron plasmar de forma deslumbrante el rostro del lujo, la personalidad y la vida de muchos protagonistas del siglo XIX español. Se trata de una serie de fotografías de la casa de Madrid (Príncipe de Vergara,8) en la que vivió el último de los Madrazo, captadas en el momento de su reapertura en 2005 (había permanecido cerrada y deshabitada desde la Guerra Civil) para el inventario de la testamentaría.
Cada fotografía captura un rincón de un mundo, ya inexistente, iluminado por luz de estrellas ya muertas; cada fotografía contiene el fulgor deslumbrante y decadente del talento oculto, de la seda guardada y rasgada por el tiempo; cada imagen es un destello del pasado que nos transporta a universos lejanos, un paisaje romántico e inspirado que Castro Prieto rescata con instinto de sabueso, respeto religioso (no modifica nada por conveniencia estética, los objetos ocupan el lugar y la posición en que aparecieron) por lo que representan, precisión técnica de reportero y la maestría en el encuadre del niño imnsonne, experto en apropiarse de los secretos que se vislumbran por los ojos de las cerraduras.
No me puedo extender en el relato de las emociones que me produjo la exposición, pero no quiero dejar de apuntar que además tiene un trasunto de cierto calado histórico (tiene que ver con la intervención del general Miaja durante la Guerra Civil) que está perfectamente narrado, junto a otros hechos interesantes, por Andrés Trapiello, en el libro que lleva el título de la exposición, La Seda Rota.

PD. Si estas líneas no han provocado la suficiente curiosidad en tí, lector casual o habitual de este blog, achácalo a mi falta de pericia, pero no dejes de ir a verla. Está hasta el 30 de Mayo en Blanca Berlín Galería, en la calle del Limón, Frente al Cuartel del Conde Duque.

miércoles 22 de abril de 2009

Días de Pasión


A veces la escritura es incompatible con la vida, o al revés: la vida es incompatible con la escritura. Este lapidario diagnóstico de mi prolongada ausencia de la Casa de Muñecas resume el ajetreo de mi particular cuarentena o Cuaresma en la que ha habido de todo: exposiciones, cumpleaños, entierros, viajes, fríos, lluvias, restaurantes, recuerdos, emociones, procesiones, monasterios, amigos, familia... Todo menos abstinencia y/o ayuno, aquellas prescripciones de la Iglesia Católica que creo que, hoy en día, no practican ni los que se declaran ortodoxos.
Me resulta curioso comprobar lo poco que evolucionan las costumbres y las ideas. A veces pienso que si la Iglesia sigue teniendo adeptos no es por que se conserve la fé, sino porque se conservan los rituales, la representación. En el caso de la Semana Santa, de los Días de Pasión, de La Pasión por antonomasia, el público se presta y se apresura a participar(como actor o como espectador) en diferentes dramatizaciones de los episodios de tortura y muerte del Cristo.
Llama la atención la espectacularidad y el tumulto que se congrega en torno a las tétricas teatralizaciones del camino del Calvario. Me llama la atención la capacidad popular para convertir en farsa la narración de una historia de martirio supremo con resultado de muerte;me hace reflexionar sobre la vigencia y el poder del teatro, su amplia convocatoria, incluso con tan macabro y gastado argumento.
Se diría incompatible con el siglo recién estrenado un tinglado de las características del de la Semana Santa española: sus siniestros e interminables desfiles de capirotes escoltando imágenes iluminadas por cientos de lámparas y miles de flores, bandas de música, estruendo de tambores, soldados romanos de guardarropía, rezos colectivos resonantes, cánticos lastimeros, fantasmales apariciones de penitentes enlutados arrastrando cadenas con los pies descalzos, túnicas nazarenas, mantos de terciopelo negro, aromas de incienso y cera derretida de los cirios pascuales alumbrando la noche de los tiempos...
Y en las orillas bares rebosantes de gambas a la plancha, buñuelos de bacalao y torrijas; neones multicolores, bocinas irritadas por la parálisis del tráfico, chicas mostrando sus carnes mortales pero jóvenes y provocadoras, chicos con la alegría etílica del que ha apurado más de un cáliz, vendedores ambulantes de discos piratas y golosinas para tranquilizar a tantos niños asustados, guiris consternados y boquiabiertos ante el delirio...
En fin, nada que ningún español no sepa del macabro esperpento que se lleva representando más de 2000 años por nuestras calles, hoy animado por planes de marketing eclesiástico y estrategias turísticas que convierten la imaginería de la Santa Compaña en película de Sagrada Campaña.
Sin embargo, hay algo que me hace sospechar de tanta adhesión a esta tenebrosa escenografía. Por mucho contenido folclórico y pagano que se perciba : ¿cómo se puede asimilar con tanta naturalidad y aun jolgorio la evocación reiterada del pánico, el tormento y la muerte? ¿Será que a fuerza de familiarizarnos con la representación de la agonía ficticia ahuyentamos el temor de la verdadera? ¿O será que realmente padecemos un sentimiento trágico de la vida, como decía Unamuno, y nos gusta presenciar tramas apocalípticas (o producirlas) como paso previo a una catarsis regeneradora?.
Yo misma. Yo, pecadora, descreída e irreverente, resucito a la escritura de la mano de una Primavera sigilosa, regalando palabras a tan cargantes pompas fúnebres, pero con el sentimiento feliz de "vivir para contarlo" una vez más, por los siglos de los siglos. Vale.

viernes 6 de marzo de 2009

Un Invierno Iracundo



Azota la mañana un viento furioso; brama más que silba; se columpia bajo la cúpula de colores de un arco iris que exagera su pirueta: arranca entre la buitreras de la cumbre, todavía nevada, del Abantos, hasta perderse intacto en la lejanía donde se insinúa Majadahonda. Su fuerza estremece hasta los árboles más longevos y robustos. A rachas parece que va a hacer estallar los cristales, a reventar las puertas; se cuela por imposibles resquicios, en el tiro de la chimenea se convierte en el lamento macabro de un alma en pena o en el escobazo de hollín de una bruja negra.
Llega veloz desde otros horizontes helados y se presenta puntual, en el mes de Marte, como corresponde al devastador compañero de un dios de la guerra, y con una violencia inusitada, por lo menos en estas regiones.
Hoy, todo vuela: vuela la tarlatana de los visillos; vuelan las sabanas tendidas, los garabatos escolares de los niños , los cabellos de los paseantes, la crines de los caballos tras la cerca; vuela la tierra de la dehesa envolviendo a los bravos en pardos remolinos (sólo a ellos parece no afectarles en su impenitente y rencorosa inmovilidad); vuelan y escapan los pensamientos como rayos, como aviones, como cohetes, como cometas; muy alto, muy lejos, muy deprisa, más allá...
Casi todos los grandes han escrito sobre el viento como metáfora de la fuga, de la pérdida, de la desolación. El viento ha sido trasunto de las voces de ultratumba, del huésped inoportuno, del pasajero misterioso, del ladrón veloz e inaprensible, del mensajero de los infiernos. Por eso me había prometido no insistir yo, pero, hoy, su arrebatadora presencia me arrastra a hacerlo, a revivir al pie de la letra las sensaciones de otros vientos, de otros lugares, de otros tiempos.
Aunque me crié abofeteada por los vientos invasores que soplan del Moncayo, creía haber perdido la familiaridad de las ventoleras huracanadas con las que crecí. Sin embargo , este viento repite la crónica sentimental de las gélidas cuchillas del Cierzo en las mejillas, en las orejas, en la nariz; la punzante confidencia de su sonido, en ocasiones agudo y afilado hasta el dolor, en otras, bronco y sospechoso hasta el miedo, de vez en cuando, penetrante y ofensivo hasta las lágrimas y, siempre, imponente y tenaz hasta la rendición.
Se dice que los aragoneses somos brutos, francos y tozudos. La explicación se la lleva el viento. Para resistirlo hay que armarse de valor, hacerse fuerte y perseverar hasta la extenuación. como los toros. La alternativa es ponerte al abrigo de su insolencia y huir con él o abandonarte a merced de sus furores, como cualquier fútil criatura del aire que diría el poeta. Por eso, este temporal golpea la memoria de un aldabonazo; alerta los rasgos más sólidos y acendrados del carácter; retumba en la conciencia y permite aguantar con firmeza los últimos embates de este invierno riguroso, acerado e iracundo como un Rey de Espadas jugando su carta de naturaleza en plena majestad. El alma también vuela y gime como las aspas de un molino, anclada a la rueda del eterno retorno, del deseo impaciente de un tiempo mejor. No veo el día de celebrar la Primavera.

jueves 19 de febrero de 2009

El excusado de Félix de Azúa: una fisiologia de las artes


Sigo con avidez el blog de F. de Azúa en el Boomerang. Disfruto con su lengua clara, con su sentido del humor, con los temas que elige; me identifico mucho con sus ideas, aprecio su singular mirada sobre nuestra realidad y sus agudas reflexiones. Digamos que soy una incondicional, pero ayer me quedé estupefacta con las revelaciones que vierte en el artículo "Sobre el cuerpo y el alma". La última, en la que plantea la ¿hipótesis? de que Velázquez fue una mujer, excitó mi imaginación, me sugirió un montón de preguntas, de argumentos; me inspiró nuevas excursiones por la obra del artista sin los apriorismos acuñados por la historia que funcionan como limitaciones insalvables a la hora de mirar una obra; me regaló un nuevo punto de vista.
Sin embargo, los chismes sobre la vida de Francis Bacon que conforman el cuerpo central del artículo y sus asociaciones con la pintura del maestro no me aportaron nada valioso; actuaron en mí como una inútil vuelta de tuerca más para la visión de una producción artística en la que el desastre y la tragedia penetran en el espectador por ósmosis. No ilustra nada, no añade nada (salvo repugnancia) conocer que Bacon pintara sus cuadros de retretes tras una diarrea familiar contraída en la Costa Brava. Viene a ser como motivar el "Urinario de Duchamp" en una afección de próstata del francés. Está bien claro que los genios sacan provecho hasta de los retortijones de una gastroenteritis estival (hace ya muchos años que un artista enlató y vendió su propia mierda) pero no está tan claro que convenga a nadie conocer detalles tan escatológicos de la fisiología de un artista. Más bien se me antoja lo contrario. La publicación de intimidades de este carácter (para las que todo el mundo se esconde) no hacen sino invadir con hedores indeseables el acto individual y personalísimo de la contemplación de una obra y pueden contaminar irremediablemente las emociones que aquella pudiera producir.
Hace ya muchos años, en la residencia universitaria femenina donde pasé mis dos primeros años de facultad, eran muy corrientes entre las compañeras los descomunales disgustos por desamor, amores imposibles, traiciones, cuernos o abandonos. Cuando el sofocón de alguna perjudicada era incontenible, cuando nos veíamos impotentes para aliviar el desconsuelo, una amiga tenía un remedio infalible, consistía en espetarle con toda tranquilidad a la afectada:
- Chica, pues si no lo puedes olvidar, imaginátelo cagando.
Nunca falló. Y es que se compadecen muy poco las pasiones entrañables con la misería de las entrañas, por muy talentoso que sea el dueño.
En todo caso, sin ánimo de entrar en debates sobre el arte contemporáneo o las artes ( como le gusta decir a Azúa*) me atrevo a aventurar que los retretes de Bacon quizá tengan más sentido como metáfora del espacio que ( siempre en privado) se reserva a la pintura o de los espasmos que produce la digestión accidental de algunas obras plásticas (efímeras, performances, instalaciones, etc.) que se exhiben hasta la obscenidad por las ferías del mundo, convirtiendo las galerías en impúdicas paradas de monstruos.
Por estos derroteros (o desagües) que me ha llevado el artículo me he topado con el recuerdo de un cuadro que tuve ocasión de ver en el retrete ( una vez más, el mal debe ser contagioso) de una taberna muy popular de Zaragoza.
Justo encima de la taza había una lujosa moldura que enmarcaba los desconchones que había producido la fuga de una bajante en la pared; bien visible, en medio de una mancha de moho muy relevante, habían escrito con sueltas pinceladas: Tapies.
Doy por descontado que parece un chiste robado a Boadella y que por las tierras de Goya se gasta una expresividad de trazo grueso, pero me parece una aproximación artística tan brutal como auténtica.
No quiero ofender a nadie, pero en esto de las preferencias, teorías y comentarios estéticos de personas que admiro, me pasa como con las parejas de muchos amigos y gente que quiero: las acepto pero, a menudo, no comparto el gusto. Haría bien el señor Azúa en no abundar en este tono de reality y no imponernos este tipo de confidencias a sus fieles lectores. Personalmente, me quedo con la imagen apolínea que muestra en sus fotos y otros escritos. Me sigue gustando y lo seguiré leyendo.

* Véase el artículo ¡Muérete de una vez!

martes 17 de febrero de 2009

Crestomatía del Árabe Literal con Glosario (2): El Aleph


El trauma lingüístico generado por la profesora de árabe "M", aunque dejó una huella indeleble en mi trayecto académico, tuvo un importante lenitivo en un hallazgo literario que me reconcilió un tanto con los enigmáticos simbolísmos de las lenguas. Me refiero a mi primera lectura de "El Aleph", el maravilloso relato de Jorge Luis Borges, en la edición de 1978 de Alianza Editorial. En él, Borges toma el Aleph no sólo como" la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada" sino como el punto donde convergen todos los puntos, es decir, el punto de partida de todo relato, de todo lenguaje, la luz minúscula y primigenia que precede a la multiplicidad luminosa del cosmos, el escondido generador de todos los universos, la esfera que destella, simultáneamente y desde todos los puntos de vista, todas las imágenes posibles, el recipiente y la sencia de toda inspiración, de todo conocimiento ...
Como es sabido, el corazón del cuento transcurre en la narración de lo que le acontece al protagonista cuando su rival literario y amoroso le encierra en un angosto y oscuro sótano para que pueda descubrir "su aleph". La descripción que sigue de las visiones del aleph constituye, para mí, el fragmento más brillante, expresivo e imaginativo de la literatura española de todos los tiempos; la metáfora más perfecta y elegante del proceso de creación y, la mejor lección de idiomas que se puede recibir. De su lectura gozosa extraje un mensaje que no he olvidado: todos los alfabetos, todos los lenguajes contienen el mismo universo, la totalidad de los mundos. La dificultad radica en trasmitirlos, en saberlos contar, en hacerlos visibles, legibles. Quizá sea imprescindible empezar por encerrarse en la incómoda negritud del sótano de la memoria y allí, entre la invisible soledad, dar pasos de ciego hasta encontrar nuestro propio aleph.

Postdata. Me ha alcanzado estos días la noticia de que las autoridades argentinas intentaban repatriar los restos de Borges. No creo que hayan leído el Aleph, pero existe un testamento, que el autor público a través de EFE, en el que abunda con claridad en su voluntad de que fuera Ginebra su punto de fuga hacia la posteridad. En la nota de prensa pedía que se respetara su voluntad de hacerse invisible. No deberían osar enmendarle la plana a escritor tan insigne. Por mucho poder que tengan, les falta autoridad, como a mi profesora de árabe.

domingo 15 de febrero de 2009

Crestomatía del Árabe Literal con Glosario

El alborotado título con el que doy paso a esta entrada responde exactamente al de un repertorio de textos del árabe clásico. Lo utilizábamos como manual en la asignatura del mismo nombre, durante el primer año de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (1972). Me vino a la cabeza desde aquellos remotos tiempos a cuento de un chascarrillo, de esos que corren por la red, que me envió mi hermana Carmen y reproduzco aquí:


Poema bellísimo

حسب الدستور المعدل عام أصبحت إسبانيا دولة قانون إجتماعية و ديمقراطية
تحت نظام ملكي برلماني. الملك منصبه فخري و رن و واحدئيس الوزراء ه

الحاكم الفعلي للبلاد. البرلمان الإسباني مقسم الى مجلسين واحد للأعيا
وعدد أعضاء يبل عين و واحد للنواب و عدد نتائج الانتخابات نائب. نتائج
الانتخابات الأخير مباشرة من أصبحت الشعبسنوات، بينما كل 4 سنوات، بينما
يعين1 عنتخاباتضو من مجلس ا الشعب أيضاً. رئيس الوزراء و الوزراءيتم
ماعية و تعيينهمللأعيان
Qué hermoso ¿verdad?

Yo casi lloro donde dice...
قبل البرلمان اعتماداً على نتائج

Yo casi lloro también al revivir la experiencia religiosa (sufrimiento infernal) que padecí durante aquel curso. El grupo de los que habíamos elegido Árabe lo componíamos una veintena de desertores de las ciencias que
no podíamos cursar Griego porque no lo estudiamos en bachillerato y pensábamos que partiendo de cero sería más fácil, pero nunca pudimos imaginar la que se nos venía encima...
La que nos cayó encima, con toda la contundencia de la mezquita de Córdoba, era una catedrática inabordable que llamaré M por si las moscas todavía le pican. La Dra. M era una mujer todavía joven, alta y fuerte, de pelo negro, tez cetrina y gafas leves. Entraba al aula con paso firme y, sin siquiera mirarnos, se ponía a pasar lista; se colocaba en el estrado, detrás de la mesa y allí permanecía sentada durante toda la clase como una sombra, como una prominencia espectral del negro encerado. Inmediatamente después de tomar asiento, abría su crestomatía e iniciaba una perorata ininteligible que nadie osaba interceptar; propinaba irritantes campanillazos a cualquier susurro; los murmullos los apagaba con frases despreciativas y cortantes; las preguntas o las dudas las aclaraba, sólo al final de la sesión, blandiendo un bolígrafo plateado a modo de alfanje, como queriendo ensartar las herméticas respuestas directamente en nuestros sesos torturados. Aquella señora tenía más peligro que Tarik y yo me veía envuelta en una campaña de siglos por la conquista del aprobado.
He de decir que me matriculé con curiosidad intelectual y sin asomo de prejuicio por aquella lengua de preciosa caligrafía que evolucionaba de derecha a izquierda (yo era muy rebelde y me emocionaba discurrir en dirección contraria), pero, aunque creo no estar mal dotada para el aprendizaje de idiomas, me pasé el año sumida en una especie de estupor impotente, incapaz de desentrañar ni la frase más elemental de aquel librito que, para mí, se quedo en cresto-manía.
Inopinadamente conseguí superar aquella materia. Tuvo mucho que ver J.Puyuelo que me ayudó con paciencia islámica ( tipo la del que se sienta en la puerta de su casa hasta ver pasar el cadáver de su enemigo) a superar la aversión escrupulosa que me producía "la M". No obstante, creo que gracias a mi instinto de conservación, logré olvidar enseguida hasta el alfabeto.

PD. Casualidad o no, nunca he olvidado que la primera conjugación que nos hizo aprender
aquella temible profesora fue el verbo matar ( katala). ¡Que Alá la perdone!

Punto y aparte. - No comprendo por qué protestan tanto del Plan Bolonia.

martes 10 de febrero de 2009

Frutos del jardín de la niñez


Hoy tenía previsto escribir sobre el libro Convencidos, pero equivocados de la editorial Milrazones, pero ha querido el azar que haya surgido con fuerza la razón 1001, o el" n "impulso emocional y no me resista a escribir sobre un hallazgo que me llevó con una sola imagen hasta mi más tierna infancia.
Eran "Las Noches Blancas", no las de Dostoievski, sino las de Sánchez Dragó, ese programa de libros para noctámbulos e insomnes que, tantas veces subraya rarezas, piezas exquisitas o autores y obras de esos que no suelen estar ni en las listas de los más vendidos, ni de los más leídos, ni de los más de lo más (gracias Fernando)
La sesión de la madrugada de ayer era de este género y entre los invitados se encontraba una escritora, Isabel Núñez, en cuya presentación Dragó mostró su penúltimo libro: La Plaza del Azufaifo. Cuando leyeron el título en voz alta, todos confesaron no tener ni idea de que tipo de árbol se trataba. Yo tampoco lo sabía, pero algo me daba en la nariz que me lo hacía no sólo conocido, sino familiar. La autora explicó que se trataba de una especie muy común en la España de otro tiempo con la que casi acabaron los astilleros de la Armada Invencible;que era originario de Asia y lo habían traído los árabes; que daba unos frutos comestibles y una madera muy dura y que delante de su casa había un ejemplar centenario, maltratado por todo el mundo, incluido el Ayuntamiento de Barcelona que lo había querido arrancar. En un momento dado, Isabel hurgó en su bolso y sacó una azufaifa. Cuando vi el pequeño fruto rodando por encima de la mesa se confirmaron mis sospechas: ¡era una jinjola!
Al instante se abrió el tragaluz que ilumina ese desván donde duermen los recuerdos más lejanos y recuperé una palabra que no había oído en más de cuarenta años; los mismos en los que no había vuelto a ver ni a probar esa especie de minúsculas manzanas, manjar goloso de las tardes de domingo cuando era una niña. Era imposible que hubiera asociado el azufaifo con las jinjolas porque la imagen que yo tenía muy bien guardada (enterrada) no estaba vinculada a ningún árbol, sino al destartalado carrito de chucherías del señor Lamberto.
Lamberto era un viejecito de corta estatura, pelo gris, guardapolvos gris en primavera y verano, gabardina gris en otoño e invierno y, siempre, un carrito gris de zinc con el que deambulaba, en itinerario invariable y puntual, desde la esquina de la calle del Cine Olimpia con la calle Mayor hasta la estación de ferrocarril, dando una pequeña vuelta por el Paseo del Muro.
Si supiera pintar, podría compartir la exactitud con la que recuerdo la variedad deliciosa de sus menudas mercancias, incluso su colocación en aquella humilde bandeja, compartimentada como un especiero, pero tendré que conformarme con tanscribir las palabras correspondientes al placentero surtido que despachaba nuestro particular druida:
_ Lecheburras: unas pastillas de azucar que se desleían despacio en el paladar y que, según Lamberto, disueltas en el agua para lavarse la cara, nos volverían tan guapas como Cleopatra. He de confesar que en mí no se obró tal prodigio, salvo en el hecho de que la nariz empezó a apuntar proporciones indeseables.
- Fildor: perversión local de la expresión francesa para hilo de oro con la que se denominaba a pequeñas astillas de regaliz de palo que los chicos intentaban fumar.
- Sidral:una especie de gaseosa en polvo que venía en unos cartuchos de color naranja. Nos gustaba mucho porque además de hacer cosquillas en la lengua, permitía jugar con las burbujas de espuma que se producian en la boca.
- Zeppelin: chicle de fresa o menta al que nombrábamos por la marca.

El resto del apetitoso glosario lo componián las chufas (húmedas o pasas), las pipas (de girasol o de calabaza) los cacahuetes ( siempre con cáscara), las lágrimas de caramelo ( multicolores) las peladillas(rosas, blancas y azules) las almendras garrapiñadas( demasiado caras para bolsillos infantiles), los confites (de anís o de piñones), las lunas (trozos de coco fresco en forma de gajos), las obleas( hostias como discos) los cubanos (barquillos cubiertos de chocolate del tamaño de un puro mediano) y, por supuesto, las jinjolas (como canicas rojas y brillantes, ofrecían una cierta resistencia a la penetración de los dientes y al morderlas se sentía un ruidito parecido al susurro del papel de seda cuando se arruga): me parecían preciosas.
Tanto era así que, un día se me ocurrió enfilarlas en un hilo de bordar para hacerme un collar, pero como no tenía suficientes tuve que esperar hasta el domingo siguiente. Llegado el momento, cuando me dirigía ilusionada hacía mi proveedor de avalorios, vi que se formaban corros rumorosos de gente mayor, justo en la esquina del carrito de Lamberto. Nada más llegar allí me enteré del terrible suceso: Lamberto y su carrito habían sido arrollados por el mercancias que hacía la ruta Irún-Valencia. En el momento en el que volvía hacia casa espantada, me encontré con mi amiga Charito, hija de un visitador de Renfe, que ahondó en la tragedia:
- Mi padre lo ha visto todo- jadeaba excitada.
- Ha sido el mismo Lamberto el que se ha tirado a la vía...
Aquello era insoportable. Ni que decir tiene que no pude dormir en toda la noche.
Con el tañido de las campanas de la Iglesia de la Asunción llamando a misa de ocho, sorbí las últimas lágrimas, tomé el hilo de jinjolas, las fui royendo hasta dejarlas en su exiguo corazón y las enterré entre los geranios de mi madre.
Han pasado muchísimos años y muchas más lágrimas, pero al final, en las últimas noches blancas ha rebrotado el fruto de un árbol de mi niñez.

P.D.- He buscado el origen del nombre Lamberto y parece que significa "renombrado". Desde luego, para mi, el azufaifo o jinjolero en adelante será un lamberto. Cuando vuelva a Barcelona lo buscaré.